17 de julio de 2017

Eterno espíritu amateur

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Los aficionados al tenis sueñan con visitar Wimbledon. Los jugadores profesionales con jugar en el 'All England'. Los mejores del ranking anhelan ser campeones. Los campeones, volver a levantar el trofeo más prestigioso del mundo. Pete Sampras igualó en el año 2000 la cifra de siete Wimbledon ganados que ostentaba William Renshaw, que databa de 1889. Roger Federer se encargó de superar a ambos y estableció una nueva marca: ocho títulos en La Catedral del tenis. El más ganador en el lugar donde todos quieren ganar, el sitio donde comenzó todo. No hay certamen más importante en el tenis, no hay jugador más importante en el tenis...

La preparación de Federer para Wimbledon 2017 fue perfecta. Riesgosa pero perfecta. Campeón del Australian Open, Indian Wells y Miami, su físico necesitaba un descanso. Si el objetivo del año era Wimbledon, el polvo de ladrillo no era el lugar indicado para preparar un triunfo en Londres. La idea principal era disputar solamente Roland Garros antes de la gira sobre hierba pero junto a su equipo de trabajo (y por nivel estratosférico de Nadal en arcilla) decidieron saltearse toda la gira de tierra batida y darle prioridad al césped para disputar StuttgartHalle y Wimbledon. Pero no competir durante diez semanas era un riesgo luego de volver a la actividad en enero tras seis meses inactivo.
La inactividad le jugó en contra en Alemania. Impreciso y falto de ritmo, Tommy Haas lo venció en primera ronda de Stuttgart. Pero aunque parezca contradictorio, la derrota fue positiva para su físico. Campeón en Halle la semana posterior, de haber avanzado en Stuttgart hubiera llegado más cargado físicamente a Halle y menos descansado a Wimbledon. Suposiciones a un lado, el noveno trofeo en Halle colocó aun más a Federer como candidato para el tercer Grand Slam de la temporada. Su historia en el césped, su rápida adaptación y su excelso nivel mostrado en 2017 lo ubicaba como el favorito del público, de los especialistas y de las casas de apuestas para ganar en Inglaterra.

El cuadro era 'a priori' muy complicado. A medida que avanzaba, Roger se encargaba de desmentir las especulaciones. Mischa Zverev, Grigor Dimitrov, Milos Raonic, Tomas Berdych y Marin Cilic fueron los peligrosos rivales que sucumbieron ante "Su Majestad", todos en tres sets, ante la atónita mirada de los espectadores que esperaban partidos más cerrados. Incluso el propio Federer declaró luego de ganarle al búlgaro y al canadiense que esperaba partidos más complejos. El clímax de su tenis fue contra Raonic. Dos sets perfectos (tres errores no forzados) y un tiebreak para enmarcar sellaron su clasificación a semifinales.

Berdych fue el que más lo exigió. El resultado fue 7/6 7/6 6/4, a la altura de una semifinal de Grand Slam. Tomas jugó un gran partido que no pudo ganar solo por la genialidad de su rival en los momentos importantes (léase los tiebreaks). El mejor torneo del checo en los últimos doce meses no alcanzó para llegar a la final como en 2010 (victorias ante Federer y Djokovic). El suizo estaba en el último partido de Wimbledon por 11° vez en su carrera en 19 participaciones en el "All England and Crockett Club", a 23 días días de cumplir 36 años de edad. ¿Que más podía pedir? Ganar el título, claro. Y eso fue lo que sucedió.

Marin Cilic llegó a la definición sin derrotar a un Top10. El cuadro se abrió y lo aprovechó. Campeón en Queen's, era candidato a los rondas finales antes del comienzo del certamen pero lejos estaba de que alguien pronosticara que llegaría a la final. Comandado por Jonas Bjorkman, el croata llegaba a su segunda final de Grand Slam luego de ser campeón del US Open 2014 (en semifinales a Roger Federer). Precisamente ante el suizo sufrió la peor derrota de su carrera luego de estar 2-0 en sets y tener tres match points en la semifinal de Wimbledon 2016. Sin rencor pero seguramente con mucha memoria, era una revancha para el número seis ATP. Finalmente nada pudo hacer.
La final no fue épica ni mucho menos. El suizo dominó durante todo el encuentro, impuso su juego y se llevó el premio mayor. A Marin le quedó grande el partido. La instancia, el rival y el lugar, sumado a las ampollas que le impidieron correr con normalidad desde el segundo set, fueron demasiadas cosas contra las que tuvo que luchar para ser campeón por primera vez en Wimbledon. Incómodo y sin timeing, rompió a llorar a mitad del segundo set. "No lloré de dolor, lloré de impotencia por la situación general del partido", dijo luego de perder Cilic, que pidió asistencia médica en un par de ocasiones para tratar de aliviar el dolor en su pie y enfocarse en su tenis, algo que nunca sucedió.

El campeón, entre risas y lágrimas, elogió a su rival y se mostró orgulloso y feliz por el título: “Es mágico. No puedo creérmelo aún. Es demasiado. Es increíble poder conseguir estos límites. No estaba seguro si estaría de nuevo en una final después del pasado año, especialmente tras las duras derrotas con Djokovic en 2014 y 2015. Pero mantuve la fe y aquí estoy con el octavo título. Es fantástico. Mentiría si dijera que no estoy sorprendido por todo lo bien que me está yendo esta temporada, por lo increíblemente bien que me estoy encontrando. Estoy gratamente sorprendido por tantas cosas buenas que me están pasando”.
Roger Federer ganó el título y reescribió la historia del torneo y del tenis en general. Pero su festejo no era consecuente al logro. Fue cuestión de sentarse en su silla, mirar el palco, ver a su familia completa en la tribuna y quebrarse a llorar. Sus lágrimas de felicidad no cesaban mientras sus cuatro hijos miraban como su papá estaba haciendo historia. Leo y Lenny (3 años), incrédulos ante una multitud que vitoreaba a su padre; Myla y Charlene (8 años), algo acostumbradas (campeonas ellas de Wimbledon 2012) pero igual de asombradas, aplaudían como dos espectadores más del 'Court Central'. "La felicidad solo es real cuando se comparte", y Federer lo sabe hoy más que nunca.

Daniel Vitale Pizarro

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