29 de enero de 2018

El mito suizo

El 'Ojo de Halcón' le corta la emoción del triunfo como en 2017. Trofeo en mano y micrófono a centímetros de su cara, no puede hablar. Se le quiebra la voz en medio de los agradecimientos y felicitaciones. Los gritos y aplausos son ensordecedores. Sigue agradeciendo a cuentagotas por no poder hablar. La emoción lo invade. La ovación no cesa. La gente quiere que el momento sea eterno. El presentador interrumpe el bullicio en vano, los espectadores están de pie adorando a su ídolo. Levanta el trofeo y las lágrimas se apoderan de él. Llora. Llora como un niño. Se desahoga. La máquina perfecta del tenis es la más humana de todas. Los flashes al unísono con los aplausos se convirtieron en los protagonistas de la noche australiana en el mítico Rod Laver Arena. Roger Federer era campeón del Australian Open 2018.

Treinta y seis años, cinco meses y veinte días, el segundo campeón de Grand Slam más "viejo" de la Era Abierta del tenis, aunque la palabra viejo le falta el respeto. Federer superó la prueba del paso del tiempo y eso lo hace más grande de lo que es. Diseñado genéticamente para jugar al tenis, no deja cabo suelto en su preparación para las grandes citas. Entrenamientos de calidad y no de cantidad, competencia intensa pero breve, y períodos largos de descanso. Esa la fórmula elegida por Pierre Paganini (preparador físico de siempre) para seguir en la elite del tenis profesional, sin importar lo que diga el calendario biológico personal. 
"Roger XX" suena más a Rey de la antigüedad que a un tenista que ganó veinte Grand Slams, más que cualquier otro hombre en la historia del deporte de la raqueta. Federer trasciende el deporte, no solo el tenis. Es un fenómeno social deportivo. A donde va es amado, sin importar la nacionalidad de su rival de turno. Los fanáticos afortunados lo siguen alrededor del mundo, planifican viajes a ciudades en las cuales dispute algún torneo. Los demás "desafortunados" lo miran y admiran a través de la TV, a cualquier hora del día, aunque tengan que madrugar o trasnochar. Incluso la gente que no mira tenis, mientras hace zapping, deja algunos minutos la señal deportiva para verlo impactar un drive, un revés, una volea o un saque. Es adictivo. Es un poco de todos.

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En julio se cumplirán veinte años desde que Roger Federer debutó en el circuito ATP, el mismo número de Grand Slams que obtuvo a la fecha, a razón de un "Major" ganado por año. Una locura total. Desde su primera final en un Grande en Wimbledon 2003 hasta su última en el Australian Open 2018, pasaron 59 Grand Slams de los cuales disputó 58, llegó a 30 finales (51,72%) y ganó 20 (34,48%). Números extraterrestres. Un dato 'random' dice que el 10% de los Grand Slams totales disputados en la Era Abierta (1968-2018) fueron ganados por RF, algo que solo los freaks de los números (y ultra fanáticos del de Basilea) pueden saber.

En cuanto al análisis del juego, la versión renovada, rejuvenecida del Federer 2107-18 difiere bastante de la versión trituradora de récords, joven y dominadora del circuito del 2004-2009. La resurrección como gran campeón comenzó en 2014 con dos hechos significativos: Stefan Edberg como coach y el cambio de raqueta. El sueco comenzó la transformación de jugador ofensivo a ultraofensivo, ayudado por la nueva raqueta de aro más grande (90 a 97). Sin corona pero con tres finales Grandes, el segundo cambio fue la contratación de Ivan Ljubicic en 2016, una apuesta arriesgada. Lesión de por medio, lo mejor estaba por venir en 2017, el año del "nuevo tenis total".

A las asiduas subidas a la red y la presión constante a partir de la devolución (Edberg rules), le agregó la mejora de su golpe históricamente más débil, el revés. Tanto lo mejoró que hizo de su punto débil, un virtud. Metido adentro de la cancha, muchas veces casi de sobrepique, le quitó el tiempo a sus adversarios. Dejó el slice (solo para variar ritmos) y agregó un sólido top. Pero fue más allá con el "nuevo revés" hasta golpearlo sin dificultades por encima de sus hombros, algo que años atrás ni el propio jugador hubiera imaginado. El ejemplo cabal de que el trabajo a consciencia y el creer que se puede mejorar, van de la mano.
"Creo que el Federer que jugó esta noche es una mejor versión de mí, especialmente por tres aspectos en los que ahora soy mejor: el servicio, especialmente el segundo saque, el revés, y el resto", respondió el multicampeón a la pregunta sobre si era mejor el Federer campeón en Melbourne 2007 o el del 2018. ¿Dónde está la clave su evolución? La pasión. La pasión por el deporte que ama genera ganas de mejorar, de superarse, de no rendirse ante las adversidades. Superdotado física y técnicamente (ayudado por un entrenamiento intenso y eficaz), fortalecido mentalmente luego del parate de seis meses en 2016 tras el que nadie sabía cómo volvería, la pasión completa el combo perfecto para regresar a su mejor nivel, incluso mejor. Rendirse no existe en su diccionario personal.

"Nunca subestimes el corazón de un gran campeón"

Daniel Vitale Pizarro

23 de enero de 2018

The Happy Slam

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El Australian Open es denominado el “Happy Slam”. Los australianos hicieron que el torneo adopte ese nombre afable gracias al gran número de espectadores y al calor de los mismos en cada entrenamiento o partido. Disfraces, colores vívidos, comida y algún trago de más, son característicos del día a día, un marco único en un país que lo tiene todo. Disputado en Melbourne durante el mes más caluroso del año en el hemisferio sur, Melbourne Park recibe cientos de miles de visitantes durante los casi 20 días que dura el certamen desde la clasificación de todas las categorías participantes, hasta las finales. Singles, dobles, dobles mixtos, juniors y silla de ruedas son las competencias oficiales durante el primer Grand Slam de la temporada.

En las categorías más importantes (individual masculino y femenino), Roger Federer intentará defender el título obtenido en 2017, y Serena Williams, campeona en 2017 estando embarazada (dato no menor), no disputará el Australian Open por no estar al 100% de su condición física. Los candidatos al título son varios: Federer, Nadal, Dimitrov, Zverev, Kyrgios, Del Potro o alguna sorpresa que pueda colarse en las instancias finales masculinas, son los nombres que están en boca de propios y ajenos del deporte, por lo que apostar por tu jugador favorito no es tarea sencilla.

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Abarrotado de fanáticos todo el complejo tenístico, el calor extremo imperante parece no molestar a los visitantes que soportan temperaturas de casi 40° centígrados. Pero los jugadores son los que peor la pasan cuando de calor extremo se trata. Los termómetros marcan casi 60° grados centígrados en el suelo de la Rod Laver Arena, de la Margaret Court y de la Hisense Arena, los principales estadios australianos. Estas tres mega estructuras del complejo cuentan con techo retráctil para los días de lluvia o de calor extremo (40°C), típicos durante esta época.


El Grand Slam más difícil de todos por las condiciones de calor, por la lejanía de Australia con Europa y Norteamérica (epicentros del circuito ATP) y por realizarse en enero, luego de las merecidas vacaciones (físicas y mentales) y de una exigente pretemporada. Ese conjunto de cosas hace que el históricamente menos prestigioso de los cuatro Majors sea el más complicado de ganar, el más competitivo y el más “feliz” de todos. Bienvenidos al Australian Open 2018, la temporada ya comenzó.

Daniel Vitale Pizarro

15 de enero de 2018

La juventud ataca

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Los torneos previos a los Grand Slams siempre dan que hablar. Sin los mejores jugadores del circuito que se preservan para competir unos días después a cinco sets, es común que los protagonistas sean desconocidos o poco populares para el aficionado televisivo. Alex de Miñaur y Daniil Medvedev fueron los destacados de la semana al alcanzar la final del ATP250 australiano. Para Medvedev (ruso) era la segunda final ATP a los veintiún años tras la perdida un año atrás en Chennai; para De Miñaur (australiano, residente en España de padre uruguayo y madre española) era su debut como finalista en el circuito principal con tan solo dieciocho años de edad.

Proveniente de la qualy Daniil y directo en el cuadro principal Alex gracias a un Special Exempt por alcanzar semifinales en Brisbane y no poder disputar la clasificación en Sydney, llegaron a la final La final más joven de la Era Abierta (39 años entre ambos), superando por meses a la disputada por Nadal y Djokovic en Indian Wells 2007. En ambas precoces definiciones por el título el ganador fue el mayor. El "Oso" Medvedev derrotó al #NextGen De Miñaur 1/6 6/4 7/5 en un partido parejo y luchado, un lindo espectáculo para el público presente con dos jóvenes que nunca se rindieron a pesar de su edad y de las adversidades cotidianas de un partido de tal magnitud.

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Curiosa la historia de Medvedev (84° ATP) y su participación en Australia a último momento. El propio jugador cuenta porque decidió jugar en Sydney: "Quería ir a Auckland porque mi novia tenía un visado para Nueva Zelanda, pero nadie se dio de baja del torneo. Luego hubo cuatro ausencias pero ya no podía ir. Tuve que superar esta fase previa y al final he ganado el torneo. Ha sido extraordinario". El joven ruso destaca por sobre todas las cosas su evolución mental: "No he roto una sola raqueta ni he perdido el control. Tanto en las semifinales como en la final he tenido situaciones muy adversas y no dije ni una palabra. Eso se debe al gran trabajo que hice en pretemporada".

Daniil irrumpió en el circuito ATP hace apenas un año atrás al perder la final del ATP250 Chennai. En Wimbledon sorprendió a propios y extraños al derrotar en primera ronda a Stan Wawrinka (3°), su primera victoria ante un Top10. Al siguiente certamen en Washington venció a Dimitrov (11°) en octavos de final. Junto a buenos resultados en Challengers ingresó al Masters #NextGen disputado en Milán en el cual finalizó tercero. Su nombre estaba en la tapa de todos los diarios deportivos. Sin parentesco con el ucraniano Andrei Medvedev (finalista de Roland Garros 1999), el nacido en Moscú vive el mejor momento de su carrera, y va por más.


Del otro lado de la red, la sorpresa mayor. Alex De Miñaur y una historia muy particular. Nacido en Sydney, a los cinco años emigró junto a su familia a España. Dotado de un talento singular, fue N°1 español en la categoría Sub10. Destacado en las categorías menores pero sin recursos para poder costear su formación tenística, su madre concurrió a la Federación Valenciana de Tenis a pedir ayuda económica para el desarrollo tenístico de su hijo y la respuesta fue un rotundo "No", que no contaban con los recursos para otorgarle ni siquiera una beca básica. Sin oportunidades, la familia regresó a Australia, país que ni lento ni perezoso, vieron las condiciones de Alex y le brindaron todo lo necesario para crecer como jugador de tenis.

Y los frutos no tardaron en llegar. A los quince años fue semifinalista del US Open y finalista del Eddie Herr. A los dieciséis fue campeón del Australian Open en dobles y semifinalista en singles, y además finalista de Wimbledon. N°2 del mundo en junior, prometía mucho. 2017 fue el año de su ingreso al circuito ATP disputando la gira australiana con dos victorias en tres torneos, incluida una en el Australian Open, debut absoluto en Grand Slam con triunfo incluido. El prodigio australiano que dejó escapar España se hacía realidad. Menor de edad, no volvió a ganar un partido ATP esa temporada pero si se fogueó entre qualys ATP, Challengers y Futures antes de explotar en 2018.


Aguerrido, potente, agresivo y sin miedo ante los mejores, Alex aprovechó las invitaciones en Brisbane y Sydney siendo semifinalista y finalista respectivamente con seis victorias ante jugadores Top50, algo que ni siquiera soñaba para esta altura de la temporada. En su país y en su lugar de nacimiento, su tenis fluyó y los resultados se fueron dando a su gusto. Wild Card en el Australian Open más que merecido, llega al primer Grand Slam del año en su mejor momento tenístico y de ranking (127°) y aspira alto: "Quiero ser N°1 del mundo y ganar más Grand Slams que Federer". Ambiciosa e incrédula frase, el tiempo dirá para que está De Miñaur en el circuito ATP.

Daniel Vitale Pizarro